...y además sin ficción no hay cordura, sin cordura no hay estructura. Pero esta noche quizás deba dedicarme a volar, o tal vez a nadar. Quizás deje de pensar. Quizás sólo haga fotosíntesis para aprovechar la luz lunar. Quizás me recueste un rato a sentir el calor. Si desordeno las categorías y revuelvo en lo sombrío; un cartonero de estorbos y frutos podridos, antiestéticos, corroídos, con semillas ávidas de luz de mediodía... “caballo amigo ¡vamo’ no’!... galopa en la ciudad... que el frío va a pasar”... ¡Que extraña canción! Además sin fisión no hay voladura y, sin tensión, no mereces paz alguna...
Pensamientos que corrían liosamente en los adentros de Sebastián, en contraste, su figura calma, vista desde afuera, parecía engañar al tiempo como sauce sin racha ni viento. El espacio, una mera excusa, para aquel cuerpo sin movimiento, sentado petrificadamente, en un mentido silencio.
...los otros pacientes duermen... ¡claro! ya es tarde... ¡No! Todavía no duermen realmente, los calmantes trabajan, hacen efecto, trabajan sus mentes, los libra de sus locuras diarias. Les inyecta cordura imaginaria. La TV esta prendida en la sala... ¡trabaja! ¿Cuántos pensamientos hará que estoy aquí? ¿Será la noche de mi madurez, o apenas iré por los bosquejos adolescentes y soberbios de ignorancia? ¿Será mediodía ya...? Mediodía de luces futuras, esas que vendrán a envolverme, ansiadas lumbres que iluminen la mística física, propia, incomunicable, agnóstica, siempre en duda. ¿Cómo saberlo? ¡Cuánto camino he recorrido sólo para llegar a esta conclusión! ¡Saberme planta! En sus hojas... la sabiduría, escritas desde hace 400 millones de años ¡Cuántas hojas de letras humanas, leí en bibliotecas subterráneas! Todo para un día salir al sol y ver... hojas de plantas ¡Entendí la hazaña! Ahí van los enfermeros hacia el pobre Jaime... Ahí van los enfermeros con los chalecos de orden hacia el pobre Jaime. Pensar que antes los chalecos eran de fuerza, apretados, incómodos, fríos y rígidos. Ahora los hacen tan confortables, tan excitantes y coloridos, y con almohadillas ¡El último grito de la moda! Según oí, con los viejos chalecos gritabas de bronca, ahora son el grito de la moda. ¡Estos diseñadores! ¡Mierda que aprendieron a silenciar aullidos esteparios y convertirlos en balidos! Ahí van hacia el pobre Jaime, ya lo sentaron en la sala con los otros, ya no aullará más. No mientras eso esté prendido. Reducido...
- ¡Subí... ! ¡Subí que no escucho!
- Para Jaime... ¡no empecemos!
- ¡Callate vos... !
...reducido también yo a ser por fuera un loco más, no obstante, por dentro se que no voy a perder el hilo. En silencio externo, en ruido interior, en gritos de cuestionamientos que vibren sólo en mis abismos. Por fuera, los condenados a proclamarse tipos normales, como se llaman a sí mismos, para mis adentros, locos, tal cual ellos, de vez en cuando, así me nombran. Reducido a escuchar diálogos mediocres de vidas heridas con vendas. A cada paso uno se expone a escuchar sus lenguas...
- ¿Qué dijo? ¿Que se caso con quién?
- Aparte de sucio... sordo, no se casó, ¡se cayó arriba de la modelo esa!
... atrapados en los muros de su realidad, atrapados en un horizonte contiguo, su día a día, sumergidos en un embudo finito. Y en realidad, ¿no es ésto acaso, el sutil nosocomio escondido?
La casa
Tenía ese aspecto, esa apariencia de solidez que se busca para disimular. La robusta puerta de entradas y salidas en una madera ya fosilizada, pétrea, hecha enteramente de duramen, inmune a la lluvia y su dictadura. Con un poco de jardín diseñado alrededor, un poco de naturaleza doblegada para resaltar la gallarda construcción, el dominio de la estructura, sobre las mientes oscuras de Natura. Una vez a la semana venía un hombrecillo, un anónimo, peón del paisajista. Podaba árboles geométricos, racionalizando el entorno, humanizando, dando forma, limpiando matas, coloreando canteros con flores de colores asignados, esforzándose por mantener el dominio que Natura siempre discutía, testaruda y audaz, siempre inducía al caos; deshacía el escenario, continuamente había que estar sobre ella, corrigiéndola.
- ¡En un cantero no debe haber yuyo o “gramíneas” como la llama el paisajista este! - Rezongaba el peón anónimo, mientras las arrancaba vorazmente, como si fuera la primera vez... aunque lo hacía siempre, desde hacía miles de años, en su sangre de humano. La casa tenía es alo, ese efecto buscado; encoger al visitante, distanciar al vecino, y doblegar el abismo, aquel que posee todo dueño o inquilino.
... hoy me levante sombrío, escuchando voces toda la noche, entre sueños y abismos, ¡no se que musiquitas y palabrerío! Me esforzaba por no escucharlas, me negaba a su discurso, tan bajo, tan efectivo, palabras claves que despiertan el morbo, excitan bajo el ombligo al que esta disminuido... es decir, al adormecido. Escuchaba voces, me hablaban, interrumpían mis más puras neblinas, allí donde uno es realmente libre, allí donde uno no tiene control de si mismo, y ríe o llora, grita, vuela, nada, toma sol o toma luna para formar su gentilicio... lunático, escuchaba voces como sólo ellos suelen hacerlo hasta altas horas de la noche. Allí donde suelo armar figuras, anoche no pude armar ni un palote, ni un muelle, no pude zarpar hacia la Antigua China de los Han, no pude visitar Cartago, ni ver a las chipriotas, no pude preguntarle a Demócrito sobre su perro. No pude porque aquellas voces me arrastraban, me distraían, se me ofrecían, me vendían productos, me regalaban placer... ¡va! sexo del barato, como el wisky de oferta, el delibery de normalidad. Anoche no pude pegar un ojo... la TV en la sala, estaba muy alta, ¡trabajaba!
- ¡Eh! que caripela, que estuviste haciendo anoche, artista.
- Jesús... ¿cómo va?
- Y mejor que vos, seguro,
- Una mala noche, tampoco exageremos.
- Bue... ¡si vos lo decís! Nos vemos a la tarde.
- ¡Dale!
... pobre Jesús, buen tipo, pero sólo buen tipo. Cumple con todo, se esfuerza por creer en la medicina que le dan, se esfuerza por ser bueno, por ser un ciervo, por ayudar a los débiles, por protegerlos, a ayudarlos a ellos también a no caer en sus abismos, ayudarlos a creer en sus medicamentos, ayudarlos ¡a creer creer! Pobre Jesús, me pregunto como terminará, a la mañana, hace de banquero, a la tarde de enfermero. Me pregunto qué sería de Jesús, si llegara a ser dueño, a tener poder, qué sería de su pensamiento, la doctrina mitológica predicada por un banquero-enfermero... ¡Pero que locura!
La comunidad
se encontraba rodeada por barreras naturales de bosques artificiales, es decir bosques de pseudo- plátanos y eucaliptos plantados hace ya unos cuantos años, traídos de otras latitudes para suplantar pantanos de pastizales autóctonos. Semillas esparcidas por algún tipo normal para borrar pasados y sembrar futuros, con un marco importado del algún pasado lejano, también trajeron pájaros que luego desequilibraron y hoy, están por todos lados…
...bueno, tengo que ir a ver si ya me trajeron el nuevo pedal del órgano. Espero que se haya dignado a venir el mercader ese, por poco y tuve que pedirle audiencia al Sumo para que se dignen a traerlo... ¡El viejo Zarathustra!, algún día se los voy a decir... me voy a parar frente al Padre Rizzo y le voy a decir... sabe Padre que nombre le puse al viejo órgano... ¡Zarathustra! Yo creo que del pasmo tendría que correr por todo el templo buscando las órbitas de los ojos que se le saldrían, se dispararían con tanta fuerza que romperían los vitró. ¡Mi viejo Zaratustra...! espero poder arreglarlo...
…así es que, producto de la idea de algún tipo normal de importar pasados lejanos, borrando pasados autóctonos, para crear futuro, se fueron formando, entonces, los bosques de pseudo-plátanos y eucaliptos plantados hace algunos años, artificialmente, como barrera natural para rodear la comunidad de desequilibrados.
...¡bien! Al fin ese si bemol ya no va a molestar más, al menos no más de lo de costumbre, es decir, no más de los que se espera que moleste. Templar significa repartir. ¡Oíste si bemol! no te empeñes en generar batido...
Los gritos de los chicos se mezclaron con la sinapsis de la idea de batido que justo en ésos momentos experimentaba en su mente Sebastián. Orientó su cabeza hacia ellos y los observó. El rebaño de alumnos se desplazaba por la nave lateral del templo guiados por su pastor, profesor de música, poco faltaba para que alcanzasen el porche. Llevaba aquel maestro una expresión de resignación ante sus estridentes discípulos, demasiado bulliciosos para ese efecto ansiado y buscado por todo templo; el mutis absoluto.
El templo
donde aquel mutis sagrado vuelve a los oídos receptores obsoletos. Y es que, en éste lugar, de todos los sentidos, sólo los ojos se ven atareados. Abrumados de imágenes, de planos, perfiles, juegos de abnegadas luces y combinaciones de inmoladas sombras; el drama de las imágenes emotivas. Hasta los silencios son captados con los ojos, forman parte de la escena, parte del drama. El silencio es aquí venerado, también tiene su símbolo, su efecto. En esto se detuvo Sebastián a pensar. La expresión de resignación de aquel maestro le hizo reflexionar sobre algo en lo que muy a menudo cavilaba. En lo afortunado que se sentía al tener él el simple papel de organista. De todos los roles que el resto del hospicio tenía, el suyo, el de simple músico, le asignaba una posición que creía fausta. Jugaba un papel directo con la música, solo él y la música, nadie más y, para nadie más. Porque, aún tocando en las misas ante gente, era, en realidad solo él y la música. Lograba abstraerse de todas aquellas imágenes dramáticas, de todas esas luces abnegadas y sombras inmoladas, de todos esos seres desbordados por cuadros visuales destinados a despertar lo conmovedor. En Sebastián se invertía aquel efecto buscado, los oídos tenían abundante trabajo, el sonido musical era el principal estímulo, el único estímulo verdadero. Las escalas recorridas trabajaban sus oídos y trabajaban su mente, desarrollaban su razón de forma totalmente irracional, matemática sonora de una energía envolvente y poderosa para quien la capta en su esencia, y él la sabía, la captaba, la amaba. Lograba abstraerse de todo, aún de esos seres, que también escuchaban la música, más no con los oídos, sino con los ojos, porque para ellos esa música era sólo otra de las iconografías dramáticas, como las figuras, las luces y las sombras. Sentían la música con los ojos, en aquel contexto coadjutor de efectos buscados y especulados. Así, con ojos desbordados de imágenes, que enceguecían a otras luces, fieles a esas imágenes, y sólo a ellas. ¿Y no era justamente esto el problema? Un hospicio basado en imágenes, ojos desbordados por imágenes fabricadas de ante mano por otros. Imágenes de sentidos ya formados, como cuerpos teóricos, lecciones que uno debe memorizar, significados ya digeridos que uno debe masticar y tragar, sin mayor esfuerzo. Imágenes, ojos y sentidos ya digeridos. ¿No era éste el problema? En eso pensaba Sebastián muy a menudo. Aquí, en éste punto es donde se sentía distinto, afortunado. Su rol, el de simple organista, le brindaba algo que los demás no tenían, el contacto directo con la energía y los efectos que producía directamente en su mente. Sin imágenes guía, sin cuerpos de teorías, absoluta praxis, absoluta vivencia, solo él y su mundología. Mas los otros no lo sabían. Como a un simple organista... ¡sólo así lo “veían”!
Ya los niños habían dejado el porche del templo, el silencio se había restaurado, pero nada había vuelto a llenarlo, parecía entonces como si las ondas de aquellos infantes continuaran propagándose en la reverberación del templo. Como si las voces se estiraran en el tiempo, un tiempo que se negaba a cambiarlas ... ante la existencia real de nada, de silencio, de ausencia de nuevas ondas sonoras, las voces infantiles se alargaban y perduraban en la mente de Sebastián hasta que otro sonido las reemplazara, o hasta que de la misma mente emergiera otra sinapsis de largo plazo, otro recuerdo, otro pensamiento emanara de la memoria y se apoderara del tiempo, poniendo fin a los feudos segundos de aquellas voces estridentes de infantes inocentes. Y, como era de esperar en el templo -reinado visual de imágenes emotivas- ningún sonido resonó. Fue entonces la mente de Sebastián la que reemplazó a los ecos mentales de las voces infantiles con otro pensamiento, y fue éste una evocación, ya que Sebastián recordó un pasaje de su infancia, se vio él mismo gritando fonemas estridentes que generaban batido en otras mentes, hace ya algunos años...
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