martes, 28 de enero de 2014

02. Capítulo SOL


  


Finalmente, el auto se detuvo, Sebastián sintió la mano del chofer que lo sacudía. Ya habían llegado, allí, estaba la gran puerta de duramen, ensonrojada por los rayos solares, atardecer,  pintada con armónicos matices colorados.

-¡Bajá! ¡Dale! ¡Delincuente! ¿Cómo podés dormir tan tranquilo? -dijo el conductor.
La puerta se abrió, y del interior del hogar salió Vera, con su tan conocido rostro severo. ¿Cuántas veces había visto Sebastián, esa misma expresión en el rostro de esa mujer? Tantas, como las arrugas que la envolvían...

 -          Así que acá está el Señor Sebastianito, ¿cómo estuvo su paseíto por el campo? ¿satisfactorio? ¿los pajaritos? ¿los arbolitos? ¿Todos bien?
Sebastián caminó hacia la entrada, y con la cabeza baja escucho el sermón sarcástico de Vera. Y al oír las palabras...
-            ¡Andá a tu cuarto!
Retomó su marcha, subió las escaleras y entró a su habitación.     

A la mañana siguiente, en la mesa de desayuno todo giraba en torno a él. Las sonrisas cómplices de los otros chicos se acentuaban cuando Vera se levantaba para traer algo a la mesa, quedando los pequeños en libertad para el escarnio ...

-      ¿Y...? ¿Qué te dijeron ahora los arroyitos?
-          ¿Juntaste muchos bichos ayer?
-          ¡Sí! ¿Qué hacés con los bichos después? ¿Te los comés?

Sebastián pensaba en el día que le esperaría en el Centro, sus compañeros seguirían así toda la mañana. Con sus bromas, sus cargadas, y sus exhibicionistas bravatas. -¡Qué fácil sería ser líder! –pensaba. Si en lugar de escapar del Centro para ir al campo, me escapara al Comercio
. ¡Qué fácil sería ser su líder!

  
El Comercio:
En la comunidad se construyeron calles exclusivas para los negocios. Allí se montó el sector de compra-distracción. En ellos se realizan todos los días las “venta-marcación”: Vidrieras con la nueva tendencia de ropas, los cyber con sus juegos en red, o con sus salas de chat, pastelerías y confiterías abarrotadas de comidas artificiales y grasosas, etc. En fin, morada de productos donde se “crean”, las nuevas necesidades, “imprescindibles”, y donde se brinda la cuota diaria de distracción, vital para la vida social en la comunidad. Cada cierto período, no muy largo, se renuevan las estanterías con nuevos productos que traen a la comunidad. Todos los días las vidrieras lucen nuevos uniformes, nuevos aparatos, juguetes para niños, para adolescentes, para adultos, renovados colores y nuevas texturas para construir la vida en el hospicio, y es que el ideal de autorrealización debe reconstruirse, reforzarse y sobre todo, nivelarse día a día. ¡Sí! ...Un mecanismo tan simple como éste resulta sumamente eficaz. 
Si Sebastián, en lugar de escaparse a la paz del campo, se escapara a esos lugares, sería considerado por sus compañeros como un digno líder. Pero en cambio; bromas, humillaciones, una sesión entera de la más cruel violencia infantil, como inconsciente castigo por negarse a ser como ellos. -¡Qué alargada mañana me espera en el Centro!- pensaba. 

 
El Centro:
El trayecto hacia el Centro fue largo, mucho más largo que las cuadras que realmente duraba. Sebastián sentía el estómago vacío, aunque había desayunado, el vacío parecía retardar el paso del tiempo. El frío reforzaba este estado. Mientras caminaba pensaba en el porqué. Las veredas, a esas horas, sufrían el peso de personas apuradas, silenciosas, absortas en pensamientos sobre el día que comenzaba. Las cosas que harían, las que no, problemas a resolver, problemas a crear.

Caminaban por las calles, hasta sus lugares de trabajo a cumplir sus roles en la comunidad-hospicio. ¿Pero, Sebastián se preguntaba, ¿cuál sería su propio rol? Inmediatamente, ir al Centro... ¿Para qué? A encerrarse en ese edificio con adiestradores grabados. Así los pensaba, pues repetían sus discursos, aprehendidos por ahí, los reproducían, y por su parte, él tenía que escucharlos, aprehenderlos y repetirlos. -¿Para qué? Durante todo el trayecto se preguntaba lo mismo...¿Para qué? ¿Estarían las personas que pasaban por la calle fingiendo? ¿Fingirían el interés que aparentaban tener en sus roles, o realmente creerían en ellos? Con el sólo hecho de tener éstos pensamientos, Sebastián se sentía distinto y se preguntaba cual sería su rol y... ¿Para qué?

Ya en el aula comenzó el diluvio de bromas. Sebastián no reaccionaba, sólo esperaba que viniera el adiestrador para que sus compañeros se callaran, los segundos se hacían insoportables, las bromas continuaban, el adiestrador no venía, se había demorado dos, tres minutos, pero en aquella aula cada minuto era una sucesión de efectos agresivos. Se pagaba caro no ser como ellos. Y en realidad, ¿cuál era el motivo de no serlo? Sólo sabía que no era como ellos, pero no sabía quién era él, no sabía por qué era distinto y a nombre de qué lo era, y sobre todo..., ¿para qué? Sólo intuía la diferencia. El adiestrador no venía, ¿cuántos minutos estaba demorado?..., ¡cuatro, sólo cuatro! Los compañeros coreaban una burla, el estribillo dolía, y el adiestrador no venía. Una vez que llegue, el orden se instalaría, y luego el mismo devenir del día haría olvidar a los compañeros de atormentarlo por la novedad de su escape al campo. Nuevo sucesos llenarían sus mentes -¿Me parecerá ésto alguna vez una insignificancia? Tal vez nuevos sucesos futuros de mi vida llenen mi mente y ya no recuerde estos días. ¿Cómo será vivir sin tener que venir al Centro? En esto pensaba Sebastian mientras aguardaba la llegada del orden.
En el Centro sólo se tiene que escuchar y anotar en los cuadernos lo que “debe ser”; las formas cómo deben ser las cosas. En realidad no se les exige que cumplan tajantemente con lo que se enseña; los Ingenieros no son tan ingenuos, pero con que capten las formas generales es suficiente. Con que retengan los contornos; los colores con que pinten dentro, podrán variar a gusto individual. Deberán creer que eligen la forma, que la construyen, aunque sólo rellenen dentro del contorno marcado.

Al fin, el adiestrador llegó al aula, el orden se instaló, el día comenzó.     
-          Disculpen el retraso, ¡ya está confirmado! Mañana nos esperan en el estudio de grabación de TELESER, vamos a presenciar los ensayos y el detrás de cámara de “Una familia como la tuya”.

Tratando de no ser tapado por los gritos y exclamaciones de júbilo de los alumnos, el adiestrador continuó....
-          Van a estar muchos de sus actores favoritos, pero recuerden que ellos van a estar trabajando, por lo que van a tener que portarse muy bien, si no lo hacen, nos van a pedir que salgamos del estudio, y eso va significar el fin de la excursión
El griterío de júbilo de los alumnos aumentó unos cuantos decibeles. Mas Seabastián, permaneció pensativo... -¿Una familia como la mía...? ¿Cómo sería una familia como la mía...? ¿Cómo sería mi familia?
 
¡Recreo! los chicos salieron al patio y la novedad había sustituido el escape al bosque de Sebastián, por lo que sólo se hablaba de la visita que harían al día siguiente. Se mezcló entre los demás. En realidad no se mezclaba, solo, deambulaba entre ellos. De todos lados se escuchaban comentarios sobre el programa que la TV había divulgado la noche anterior. Él, como no lo había visto, desencajaba, por lo tanto, se limitaba a deambular entre los demás, un poco desconcertado, un poco desorientado, un poco... apartado.

La jornada en el Centro se hizo insoportable, simplemente, a media mañana, decidió irse.

Caminó unas cuadras sin dirección, sólo caminaba, y en cada esquina decidía hacia donde doblar o, si seguiría derecho. El Centro le dejaba ese sabor extraño que le duraba unas cuadras para luego disolverse, hasta desaparecer en el transcurrir del día que quedaba. En una esquina pensó en volver hacia atrás una cuadras, pero repasó que no había visto ni sentido nada interesante cuando las hubo recorrido, y supuso que si volvía hacia atrás, sería como repetir el pasado monótono. La idea de trocar un futuro que podría llegar a ser interesante, en pasado, y así en un presente continuo, no era muy tentadora. Convertir el futuro en presente cíclico retornando al pasado, un pasado que nada le aportó, únicamente el hecho de su transcurrir mismo. Así es que decidió seguir hacia adelante o doblar en algún sentido, pero siempre con la expectativa de algo nuevo. Caminar sin un camino, sometiéndose a la suerte, buscando torbellinos, construyéndolos, medio con intención, medio con azaroso destino.
 En el campo ésto era posible, y era lo que a Sebastián le gustaba, siempre había algo nuevo que ver. Se podía juzgar algo, como causa e imaginarle un efecto, o creer que algo era efecto y deducirle una causa. Así, observar cómo la orilla de algún arroyo, podía ser una inmensa playa oceánica para algún pequeño anfibio. O, cómo debajo de alguna piedra, muchedumbres enteras de insectos viviendo en sombras, ocultos de los reales rayos del Imperio Sol, se entregaban a sus ritos ancestrales. La copa de algún árbol, rascacielos laberíntico de caminos en competencia, bañada efímeramente por algún pájaro volando en lo alto, que hace trotar a su sombra, por el suelo. Algún aroma nunca antes sentido de alguna flor rara, que incita a las rápidas danzas de los artrópodos entregados a sus ceremonias de estación. O, el lento devenir de algún gasterópodo terrestre, que al observarlo dá, la sensación de que uno puede adelantarse a su futuro inmediato, dando ganas de advertirle, de gritarle ¡Cuidado caracol! En el campo todo parecía estar articulado, relacionado, azarosamente ordenado, allí no había TV trabajando, no había vidrieras someras, ni estudios montados con falsas quimeras, ni siquiera caminos asfaltados, ni perfumes enfrascados. En el campo cada ser, parecía seguir sus propias reglas, sus propias metas, sus propios deseos, parecía que cada uno jugaba su propio juego, ellos mismos eran sus arquitectos, en equilibrada competencia, perpetuaban su existencia. Pero todo parecía relacionarse, de alguna forma, de alguna manera que no se sabía, se sentía. Figurarla, conjeturarla, labrarla con hipótesis imaginadas, componerla con sonidos e imágenes entresoñadas. O solamente, sentirla así, oculta como un tesoro hierático, vedado. Interesante, por ser justamente un secreto sibilino.

Pensarlo y a veces, sólo sentirlo, le resultaba maravilloso.
Para él, todo ésto, era posible únicamente en el bosque, en la comunidad, aunque para muchos era lo contrario, todo parecía ya dado; las vidrieras estaban ahí para vender sus productos, los semáforos para guiar a los autos, las calles estaban delimitadas, las personas parecían caminar con un fin ya trazado. La variedad de acciones y reacciones parecían ser tan sólo en apariencias, la monotonía unidimensional, parecía ser su verdadera esencia.

Sebastián caminaba sin esperar que nada interesante ocurriera, se sintió cansado, cansado de caminar en lo dado, y se sentó en el cordón de la calle. En el bosque podía caminar, correr, saltar todo el día sin cansarse en absoluto, sin embargo una cuadras de monotonía dada, lo habían fatigado.
 
-          ¡Disculpá! ¿Me das una mano? Se me trabó la rueda de la bici y no hay caso, no la puedo destrabar.
Sebastián levantó la mirada para ver a un chico, que tendría su edad, señalando a un carrito atado a una bicicleta en la vereda de enfrente.
-          ¡Eh!... sí, sí, ¿qué pasó? -dijo no muy firmemente.
-          No nada, que se enganchó el fierro del carro en la rueda de atrás -explicaba mientras cruzaban hasta la bicicleta-. Si podés, vos tenés el carro y yo tiro para adelante la bicicleta.

Sebastián lo observaba con extrañeza. Y no es que nunca hubiera visto antes a gente como él. Pero la verdad nunca les prestó mucha atención. Simplemente pasaban por las calles con esos carritos tirados por un caballo o por la persona misma, a veces enganchado a una bicicleta, tal como tenía éste chico. Sebastían mientras lo observaba, sostuvo el carro; el extraño chico tiraba con fuerza de la bicicleta. Y es que el caño que la enganchaba al carro, se había salido, ya que simplemente estaba atado con un alambre, y se había encajado entre la rueda y el eje.
-          ¡No sale ni en pedo! Gritó con bronca el pibe y se tiro hacia atrás resignado.
Sebastián no sabía que hacer, pues la apariencia y la forma en que se comportaba aquel chico lo desconcertaba un poco.
-          ¿Pruebo yo? -le preguntó no muy seguro.
-          No dejá, no te gastés, ta’ re trabado
-          ¡Pruebo! ¡Total!
-          Buen, si querés, pero no... no va a salir.
Sebastián miró detenidamente la situación, tomó el fierro con una mano y con la otra presionó la parte trasera del asiento, haciendo fuerza en dirección opuesta. Pero no salía.
-          No... no ves, ¿qué te digo? ¡no sale ni ahí!
-          Capaz si desinflamos la rueda para mover el fierro un poco y así poder empujarlo
-          ¿Desinflarla?  ¿Y después cómo sigo?
-          Pero así tampoco vas a poder seguir
-          Sí, pero igual no es seguro de que salga, y encima, después me queda la rueda desinflada.
-          Y bueno, no sé, habrá que arriesgarse.
El chico se quedó pensado unos segundos...
 -          Buen, dale, desinflala –dijo resignadamente.
Sebastián desinfló la rueda y luego presionó haciendo mover el fierro transversalmente y tirándolo hacia atrás, pero no pudo. Estaba demasiado duro.
-          A ver -dijo el chico-. ¡Dejáme a mí!
El chico hizo lo mismo, pero con otro resultado.
-          Ah... viste, ¡salió! -dijo Sebastián-.
-          Sí... tenías razón, ¡esta porquería de fierro, se hacía rogar!
-          Ahora lo malo es que esta desinflada
-          Sí, ¡qué garrón! ¿Alguna bicicletería para inflar por acá? ¿dónde habrá? 
-          No sé, la verdad
-          Si no..., ¿no me bancás con el carro, mientras yo voy a buscar una bicicleteria? La inflo y vuelvo.
-          Eh...
-          ¡Dale!... en cinco minutos vuelvo.
-          Bueno, sí... no hay problema
-          ¡Joya! Ahora vuelvo. Cuidá que no me roben nada –dijo, y se rió mientras se alejaba con la bicicleta en mano.

Sebastián se quedó al lado del carro, a un costado del cordón. La situación era rarísima para él. Optó por sentarse al lado del carro a esperar. De pronto comenzó a ver que mucha gente que pasaba, lo observaba de una forma como nunca antes había sucedido. Eran miradas muy breves, que apenas cuando Sebastián fijaba su mirada en la de ellos, éstos la quitaban rápidamente. Como simulando no haber estado mirándolo. Era muy raro. -¿Pensarán que soy el dueño?- caviló.

De pronto miró hacia el carro como si fuera la primera vez que realmente lo veía. Era un rectángulo hecho con cuatro chapas de hierro y otra más haciendo de piso, atravesado por debajo, en el medio, por un eje con dos ruedas de bicicleta vieja en sus extremos. Del carro salía un fierro que se ataba al asiento de la bicicleta, y era justamente el que se había zafado para encajarse arriba de la rueda. Se incorporó y se puso a observar su contenido. Había de todo: cajas de cartón plegado formando parvas, unas bolsas con latas de gaseosas, algunas botellas transparentes, muchas bolsas hechas bollitos, pedazos de fierros, una bolsa con revistas viejas, dos o tres bolsas con periódicos amarillentos. Era asombroso la precisa distribución que tenían todos los objetos, compactados al centímetro, y ordenados de forma que hicieran más lugar. -¡El peso que tendrá todo el carro!-reflexionó. -¿Cómo puede tirar de él, este pibe? Pensó que si él tuviera que hacerlo no llegaría ni a la cuadra. ¿Cómo es que nunca antes me había fijado en estos carros? -siempre los había visto como al pasar. Como algo más, que solamente va por la calle. Nunca se había preguntado quiénes eran y por qué andaban con estos carritos. 
 -          ¡Tirar de estos carros!

De pronto la sola idea, le pareció descabellada. Ahora que estaba al lado de uno de ellos, observando su interior, en detalle, parecía imposible que alguien tirara de él a través de cuadras y cuadras. ¿Cómo podía alguien que debía tener su misma edad, tener la fuerza suficiente para tirar y arrastrar tánto peso? Sebastián no dejaba de mirar el contenido del carrito y no salía del asombro cuando escuchó frenar la bicicleta.

-          ¡eih, amigo! ¡ya estoy! Por suerte había una bicicletería acá nomás, tres cuadras nada más. ¿Todo en orden acá?
-          Eh... sí, sí, todo en orden.
-          Buen... gracias, la verdad, lo tuyo... una masa, me re zafaste.
-          No, todo bien. ¿Venís de muy lejos con el carro?
-          Y sí, la verdad, son unas cuantas cuadras –explicó mientras ataba el fierro que sujetaba el carro (el que se había salido), a la base del asiento-. De acá serán unas... treinta cuadras derecho, treinta y tres en realidad, hasta la rotonda, después serán unas... treinta más, y después siguiendo el riachuelo serán unas... y... unas veinte cuadras más.   
-          ¡Ochenta cuadras! ¡Venís con el carro haciendo ochenta cuadras!
-          Sí...¿Por?
-          ¡Pero, si es pesadísimo!
-          ¡Ah...! ¿Por eso decís? Igual todavía tengo que llegar hasta la Estación, que son de acá unas... veinte cuadras más, y después volver.
-          ¿Qué? ¿Me estas hablando en serio? ¿Cuántos años tenés?
-          ¿Yo?, doce ¿Por?
-          ¡Tenés la misma edad que yo!
-          ¡Ah! ¡Mirá vos! Por cierto... mi nombre es Marcos...
-          Yo me llamo Sebastián, y..., ¿cómo es que no vas al Centro? Por que a esta hora tendrías que estar ahí
-          No, yo no voy al Centro, supongo que vos sí...
-          ¡Eh...! Sí, en realidad tendría que estar ahí pero... digamos que me tomé el día
-          ¿Cómo que te tomaste el día? Según sé, no es algo que vos decidís hacer o no. Para ustedes es una obligación.
-          Bueno, sí, pero es que... pero..., ¿por qué decís “para ustedes”?
-          Y..., “ustedes”, pasa que yo no pertenezco a tu comunidad
-          ¿Cómo que no?
-          No, yo sólo vengo a trabajar, junto cartones, papel, y todo lo que me sirva para vender y me voy. Conoces Villa Salada, yo vivo ahí. Y hablando de irme, voy a tener que seguir viaje porque ya estoy retrasadísimo. Si alguna vez necesitas algo, yo te estoy en deuda...
-          Pero, si no se dónde vivís y dudo que vuelva a cruzarte.
-          Ya te dije hoy, son treinta cuadras derecho hasta la rotonda, después agarrás el camino de tierra que sale de ahí, es el único, hasta que se cruza con el riachuelo, bajás, siguiéndolo hasta que veas un montón de casillas de chapa, esa es la villa donde vivo, ahí preguntás por mí, y te van a decir cual es la casilla mía, ahí todos nos conocemos. ¡Buén!... pero igual... no creo que vayas.
-          ¿Por? ¡Sí que voy a ir!
-          No te van a dejar entrar
-          ¡Qué importa!
-          Puede ser peligroso, en realidad, mi gente no te conoce y buén...
-          Pero yo digo que soy tu amigo
-          Y..., así puede ser.
-          Buén, amigo, me voy, gracias por la ayuda

Marcos se subió a la bicicleta y empezó lentamente a pedalear. Sebastián lo observaba admirado, era la primera vez que veía a alguien llevando un carro, aunque, en realidad, no era la primera vez, era sin embargo la primera vez que veía realmente a alguien llevando un carro...







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